ABISMOS
Tenía 44 años. 44 intensos años.
Llenos de experiencias e intercambios.
Llenos de “vidas”.
Llenos de emociones.
Llenos de recuerdos.
Llenos de imágenes.
Sin embargo..........., toda esa plenitud escondía un anhelo.
Con una gran capacidad de amar, vivía solo conmigo misma.
Con una gran capacidad de comunicación, vivía aislada.
Con una gran capacidad de análisis, vivía desconcertada.
Con una gran capacidad de confianza, vivía asustada.
Todo es grande en mí. La cara y la cruz.
Todo en mi es intenso.
Siempre ha sido así.
Siempre he sido “demasiado”.
Siempre me desborda el sentimiento.
Siempre me entrego y me desprendo de mi misma sin medida, sin control. Forzando las resistencias, la mía y la de los demás.
Siempre ahogando y ahogándome por exceso.
Siempre ignorando voluntariamente las barreras.
Siempre excediéndome.
Siempre exigiéndome más.
Siempre esperando una reacción inmediata.
Siempre impacientándome.
Cuando ocurre algo en mi vida que activa en mí la ilusión de poder compartir tanta intensidad, tanta necesidad de reconocimiento, tanto deseo de “dar” contenido; ignoro todo lo que sé y lo que soy, ignoro las dificultades, ignoro la prudencia, lo ignoro todo y solo camino demasiado rápidamente hacia esa luz que creo haber encontrado.
Arrolladora, increíble, brillante, una pila de alto voltaje irradiando energía en todas direcciones, un carrusel enloquecido que no sabe cuándo parar, un corazón desbocado que al final lo arrasa todo. Un impulso fuera de control voluntariamente, un deseo sin frenos de explorar ese camino, de llegar hasta el final, sabiendo que el riesgo es infinito, pero sabiendo también que si no te has equivocado la recompensa tampoco tendrá límites
Así es como me siento cuando eso me ocurre.
Y en esta vorágine me enganché y le arrastré.
Sin su permiso… consciente, sin su colaboración… expresa, sin su complicidad… reconocida, sin su aceptación… explícita.
Sin que lo comprendiera. A pesar de él mismo. Se meció en lo que le ofrecía.
Él estaba allí. En su lugar y en ninguna parte a la vez. Le encontré un día. No sabía quién era. No sabía nada de él. Solo quedé prendada de aquella persona que se escondía detrás de unas conversaciones ligeras, divertidas, misteriosas y cautivadoras. Y decidí que no me quería perder eso bajo ningún concepto.
El parecía necesitado…, necesitado de afecto…, de paciencia…, de comprensión…, de ligereza…, de inteligencia…, de diversión y libertad. Ni una sola de todas esas cosas estaba fuera de mi alcance y de mi voluntad. Fundamentalmente porque él me pareció siempre una persona increíblemente tierna, cariñosa, amable e inteligente. Irresistiblemente magnética. Se me escapaba el motivo de tanto dolor como me transmitía, de tanta soledad, de tanto sufrimiento.
La belleza de su locura me sedujo de una forma fulminante desde el primer día que hablamos.
Quería saber más…, tener más…, arriesgar más…
Ese fue el comienzo de la locura.
Le conocí y quizá desafortunadamente, todo lo que sabía de él se confirmó.
Me gustó estar con él.
Me gustó amarle en directo.
Me gustó lo que estaba haciendo y viviendo.
Me gusté yo.
Por sobre todas las cosas, me gustaba yo.
Mi vida era una vida… normal, previsible, monótona…, lineal. Y todo esto traía emoción y diversión.
Era nuevo, excitante, atrevido, provocador, convulsivo, desafiante… y estaba encantada, motivada, divertida.
Me enamoré de todo eso.
Me enamoré de mi misma.
Me resistí a ponerle punto final.
Quise beberme hasta la última gota.
Me estrellé .....
No me arrepiento de nada. Porque despues de años en que esto sucedió .....
Por sobre todas las cosas, me gustaba yo.
0 comentarios